Larsson, Fincher y los pomos

Posted on 3 febrero, 2012

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En cierto modo sorprende que sea David Fincher, cada vez más maniático con los guiones de sus películas, el director de la (inevitable) adaptación cinematográfica americana de la trilogía ‘Millennium’ de Stieg Larsson, un escritor que, como muchos autores de best-sellers, compensa la falta de calidad con cantidad. De páginas y de hechos. En sus libros pasan muchas cosas y gran parte de ellas no están contadas demasiado bien. Pero da lo mismo, la cosa es avanzar y avanzar, sumar y sumar, darle al lector más para que espere mucho más todavía y siempre cumplir la promesa. En eso sí que no podemos reprocharle nada a Larsson, pues no engaña a nadie. Pero el recurso de “más es más”, que en este tipo de literatura funciona, en el cine rara vez lo hace.

No es fácil transferir lo escrito por Larsson a una pantalla sin que los numerosísimos fans de la saga (que la consideran “suya”, con parte de razón) se sientan traicionados. Menos aún cuando la película (pues por ahora sólo tenemos una de las tres previstas, y lo mismo ahí se queda la cosa) de Fincher puede ser vista también como un remake de las adaptaciones cinematográficas suecas de ‘Millennium’. La americana es una adaptación “paralela” a las europeas, pero no deja de ser posterior a éstas, con lo que las comparaciones más que inevitables son obligadas.

‘Los Hombres que no Amaban a las Mujeres’ (esa traducción absurda que se ha tenido que mantener para no confundir -aún más- al espectador) es, en manos de Fincher, un correctísimo thriller de oscuridad calculada basado en dos potentes interpretaciones: la de Daniel Craig (mucho más creíble como atractivo periodista que el Michael Nyqvist de las películas suecas) y la de Rooney Mara, que encarna a la bisexual, punk e inestable hacker Lisbeth Salander, un personaje tan potente conceptual y estéticamente (ahí a Larsson le damos todo el crédito) que se ha integrado en la cultura pop global a la misma velocidad que la propia Mara (y Noomi Rapace, la Lisbeth “paralela” sueca) en el star system de Hollywood. Fincher es muy consciente de esto y, aunque esté un poco atrapado en un guión (más que en el guión, en la trama) “obligado” a contar demasiadas cosas, pone toda su artillería pesada y su experiencia al servicio del ambiente malsano de la novela y sus personajes. Fotografía fría marca de la casa, magnífica música de Trent Reznor, un elenco estupendo (en ‘Zodiac’ el director descubrió la grandeza de los repartos redondos) y una exquisitez estética que hace que todo, absolutamente todo lo que aparece en la pantalla, yo quiera verlo más de cerca, tocarlo, comprarlo y tenerlo. Desde las gafas de Daniel Craig hasta las mesas de oficina de la revista Millennium. Cosas como una camiseta negra de Robin Wright o los pomos de seguridad de la casa (¡La Casa!) de Stellan Skarsgard me tienen literalmente obsesionado.

Una vez más, David Fincher ha conseguido meterme en su atractivo mundo. Un mundo que en esta ocasión no es realmente suyo, sino prestado a cambio de que lo devuelva casi intacto. Es una pena. Los espectadores nos perdemos al autor salvaje y libre, que hace vídeos carísimos para Madonna y George Michael (los legendarios ‘Express Yourself’ y ‘Freedom 90’ son suyos), se mete en berenjenales como ‘Alien 3’, y lo da todo, aún a riesgo de perderlo también todo, en ‘El Club de la Lucha’. Nos queda, eso sí, el maestro respetuoso con la obra de otros, que ya es mucho. Y una buena película, otra más. Y los pomos, también nos quedan los pomos. Qué pomos, qué casa, qué todo.

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