Retorno a ‘Crash’

Posted on 18 diciembre, 2011

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Las malditas tradiciones pre-navideñas que (en parte) me han hecho abandonar este blog embrionario durante dos semanas son las responsables de que vuelva a él. La generalmente incómoda (tengo yo un par de historias que sustentan mi uso de este adjetivo) costumbre del “amigo invisible” me ha dado este año una alegría. Alguien a quien apenas conozco (y que, recíprocamente, tampoco sabe casi nada de mí) me ha enviado un póster de una de mis películas favoritas. Éste:

La imagen promocional que utilizó el film en España era, como tantas otras veces, otra, mucho menos conceptual, menos original y más anodina, muy de eroto-thriller de Adrian Lyne. Junto con el mundo de las traducciones “alternativas” (por decir algo) de los títulos de algunas películas, tenemos el mundo de los carteles “adaptados” al gusto español. Gusto que, por lo que dan a entender, es de lo más cateto. Uno de los ejemplos más recientes es el de mi querida  ‘Super 8’ (sí, yo no soy de ‘Attack the Block’), cuyo póster español es una ñoñería ochentera obvia al lado de las mucho más inquietantes y estéticas versiones americanas. El debate “versión original contra doblaje” llega también al mundo del póster. Qué cosas.

Mientras decido dónde colocaré a ‘Crash’, el póster, en mi casa, recupero ‘Crash’, la película, de la estantería y la vuelvo a ver. Una vez más. Es una de esas películas que uno no puede considerar buena porque quizá no lo sea. Muchos fueron los abucheos que se escucharon cuando le cayó un premio gordo en el Festival de Cannes y muchas las personas que se fueron de la sala en la que la vi en Madrid hace quince años (¡quince años!), con un compañero de facultad que era famoso por a) ir a clase con leggings b) desmentir constantemente que fuese gay. Esto último no sé por qué lo escribo, francamente. Supongo que porque quiere decir que me acuerdo perfectamente de las cinrcunstancias (y de los leggings) que rodearon mi primer encuentro con ‘Crash’.

Me impactó en su momento y tres lustros después lo sigue haciendo. Incluso después de haber leído, también más de una vez, la novela de Ballard en la que se basa. Sigo pensando que Deborah Unger es la mujer más morbosa del mundo (casi lloro de pena cuando la vi tan desfiguroperada en ‘Combat Hospital’), que Elias Koteas es su equivalente masculino y que James Spader y Holly Hunter son de las pocas estrellas que han sabido ser superestrellas y subestrellas. Todavía me pone nervioso ese túnel de lavado, la visita de la überviciosa Gabrielle (Rosanna Arquette) al concesionario de coches o el pezón salvaje de Holly Hunter, inmovilizada por el cinturón de seguridad tras el parabrisas atravesado por su difunto marido.

Me aterra que a alguien algún día se le pueda ocurrir producir, escribir, dirigir o interpretar un remake. Al tiempo soy consciente de lo golosa que puede ser la idea para un Aronofsky, Fincher. Proyas o incluso Won Kar Wai. Por no hablar de para alguien nuevo en el cine, sin nada que perder y mucho que ganar re-escandalizando al personal con una historia de sexo, máquinas y mutilación. ¿Vería yo ese remake? El día del estreno, seguro. Y alguna vez más después.

 

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