Lo real, lo falso y ‘Lo Imposible’

Posted on 25 octubre, 2012

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En estos momentos media España ha visto ya ‘Lo imposible’ y media de esa media se dispone a verla por segunda vez, si es que aún no lo ha hecho. Sus  productores nos recuerdan constantemente las cifras de taquilla récord de la película, mientras ésta se prepara para la conquista de (no lo dudemos ni por un segundo) los Oscar. Es el fenómeno cinematográfico del año.

Pero ‘Lo Imposible’ no es una buena película. Su primera parte es magistral, pero el tramo final es un horror desde todos los puntos de vista. Estructural, narrativa, conceptual e incluso moralmente, la segunda mitad de ‘Lo Imposible’ es un desastre. Un timo.

Cualquier narración necesita un conflicto. Y las cinematográficas, más. En ‘Lo Imposible’ los conflictos se desactivan solos. Las grandes preguntas que podrían y deberían mantener la película (¿sobrevivirá la familia protagonista? ¿se reencontrará?) nacen muertas pues desde el momento en que, gracias tanto al muy mal dosificado guión como a la campaña promocional, todos sabemos que sí, sobreviven, y sí, se reencuentran, no hay intriga, no hay suspense. El guionista de ‘Lo Imposible’ es suficientemente astuto como para generar conflictos “menores”, pero el problema es que éstos  lo son demasiado. El alcance de las heridas de uno de los protagonistas es un asunto demasiado irrelevante cuando sabemos que no va a morir. Más aún si a su alrededor han muerto miles de personas. El convertir en doméstica, redimensionándola, una tragedia colectiva gigantesca es una elección que, bien jugada (como en la minusvalorada ‘Señales’ de Night Shyamalan), puede funcionar muy bien. Al contrario, hacerlo utilizando mecanismos tan torticeros como los de ‘Lo Imposible’ puede hacer que el espectador vea el “viaje épico” de la familia dispersada y herida por el tsunami como un “drama pijo” del que, como además ya conoce la satisfactoria resolución, puede llegar a distanciarse del todo. A mí me pasó exactamente eso. Me llegó a insultar que ‘Lo imposible’ se centrase tanto en su familia protagonista que utilizase a los personajes secundarios como si fuesen de usar y tirar y a los figurantes como una especie de cuerpo de baile miserable, reemplazable y genérico.

Y sin embargo, recordaré durante años (quizá durante toda la vida) los primeros minutos de la película, la ola implacable (pero tranquila y despojada de cualquier maldad, como el fenómeno natural e inevitable que fue), la angustia de Naomi Watts sumergida, el penoso periplo con su hijo (el alucinante niño Tom Holland) y el retrato del shock nihilista que sufren ambos. Es imposible (nunca mejor dicho) que a uno no se le queden grabadas esas secuencias que transmiten el dolor, los golpes, la sangre y el ahogamiento de una manera casi física, sin entrar en interpretaciones o intelectualizaciones.

¿Qué sentido tiene entonces que la película tome después el camino opuesto, el de la manipulación sentimental, el del “llore usted ahora, que ahora es cuando toca”, el de guiar groseramente al espectador por un mapa de sentimientos falsos y lugares comunes? ¿No es la posibilidad de que la muerte sea una opción, de que el final feliz no vaya a llegar, de que lo imposible se convierta primero en posible y luego en inevitable, lo que realmente nos mete en ‘Lo Imposible’? ¿Qué necesidad hay de sacarnos de ahí, un lugar horrendo pero REAL, para introducirnos en otro en el que el horror es sólo cosmético y está completamente planificado por unas manos patosas, las de guionista y director, que se notan constantemente? ¿Por qué nos hacen esto?

Pocas películas tienen un comienzo mejor que ‘Lo Imposible’. Y pocas un final más penoso. Pocas comienzan siendo más CINE y terminan siéndolo menos, convertidas en lacrimógenos telefilmes. El cine es mentira por definición. No parecerlo en absoluto es algo que sólo consigue el realmente bueno. ‘Lo Imposible’ no lo es. Es cine falso, aunque su arranque sea de lo más verdadero que se ha proyectado en una pantalla en muchos años.

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