Eurorrisión

Posted on 27 mayo, 2012

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Quizá necesitamos que nos recuerden que Europa es (o fue) una realidad. O repasar los nombres y banderas de sus países. Para los que somos de BUP y COU, después de las dos desintegraciones de los noventa, la soviética y la balcánica, no es tan fácil. El Festival de Eurovisión hace cierta labor pedagógica. A las nuevas generaciones también les enseña cosas, como por ejemplo, que…

… los travestis cada vez están más logrados, sobre todo en los países del Este, donde la línea que separa a las transexuales de las jacas amancebadas con mafiosos vuelve a lo más básico: a si tienen tiburón. Algo que de hecho da igual. Que una cantante (supuestamente) adolescente parezca un señor que a los treinta y cinco se largó de Las Palmas y se vino a Barcelona a triunfar rebautizado como Jacqueline es para pensárselo. Claro que todo es posible después de que…

… Dana Internacional ganase el festival, allá por 1998. La transexual israelí (“What a combo!” como diría el gran Larry David) marca, según mis cálculos, el punto de inflexión entre el Festival aletargado y casi moribundo de los noventa y su intento de “reconquista” del publico no gay vivido posteriormente. Otra vez la siniestra proximidad (por pura supervivencia en su momento, pero completamente superada y superable hoy en día) entre transexualidad y homosexualidad, justo cuando ambos colectivos son los más interesados en que los pobres señores de pueblo no lo reduzcan todo a…

“maricones con tetas y maricones sin tetas”, subtítulo que podríamos poner a todas las ediciones posteriores del festival, en las que el hecho de que el evento perteneciese al lobby homosexual dio lugar a un “orgullo gay eurovisivo” realmente patético. El conocer los entresijos del concurso pasó a formar parte del corpus cultural de un colectivo que hace tiempo que no termina de encontrar su sitio en una sociedad que ha evolucionado en otra dirección. Y que se niega a compartir sus totems y dejar que, si es lo que toca, nos ríamos de ellos, los normalicemos, esta vez sí, de verdad. Como ocurre con Pedro Almodóvar, con su universo y su imaginario…

…el Festival de Eurovisión se niega a no tomarse a sí mismo en serio, dando lugar a una combinación de fanatismo gay y patriotismo rancio y desfasado inaudita hasta en el mundo de las competiciones olímpicas de natación sincronizada. Como en una gala de elección de misses latinoamericanas, el acontecimiento eurovisivo mezcla grandilocuencia y horterada, un mix del que no puede salir nada serio. Hay quienes entienden esto realmente y juegan la carta del…

… frikismo más absoluto. Desde los Lordi hasta el Chiquilicuatre español, pasando por el pavo aquel, números de circo chusco que al menos tenían el salvoconducto de ser muy conscientes de quiénes eran, dónde estaban y para qué. Porque la Dana Internacional de 1998, las abuelas rusas de 2012 o nuestras folclóricas pop revenidas de 2012, 2011, 2009, 2002… son también, mal que les pese, monstruitos de usar y tirar y como tales deben ser disfrutados. “Éstos no se toman el Festival en serio” es el típico comentario propio de…

… tipos que no entienden que en no ser tomado en serio reside la poca dignidad y vigencia del invento. En convertirse en lo que siempre fue, un sano monumento a lo hortera, lo básico y lo chirriante (cualidades, por cierto, teóricamente más asiáticas y americanas que europeas) y estar orgulloso de ello. Porque las teorías conspirativas sobre qué países votan a qué países no deben ser serias, sino graciosas. Y que salga un espontáneo y la líe en el escenario en plena actuación española no es para indigarse, sino para aplaudir. Y cada vez que dicen “guayominí” hay que beberse una copa. Dos cuando a alguna starlette ucraniana se le marca el paquete y se confirma que bajo el tul y la pedrería hay veinticinco centímetros de eurovisivo pollón.

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