
Dos veces tuve que renunciar (vendiéndolas una, regalándolas otra) a mis entradas para ver ‘Agosto’ el montaje con el que Gerardo Vera se despedía del Centro Dramático Nacional. Una producción maximalista (más bien diría excesiva, para bien y para mal) que ha rendido a sus pies a críticos y público. Esta vez sí, el Acontecimiento Teatral del año. Pese a sus casi cuatro horas de duración y a no ser un clásico.
Finalmente conseguí una entrada. Subidón. Antes de la representación, el público estaba expectante, muy en Modo Acontecimiento Teatral, que es una mezcla de cosa teatral importante y de acto social elitista absurdo, de ésos tan frecuentes entre los pijos madrileños. Celebrities en el patio de butacas (entre ellas Magüi Mira con un señor que, por un momento creí -y sorprendentemente asumí- que era Larry David), emoción, intriga, dolor de barriga.
Y entonces empieza. Y empiezan las risas. Un momento ¿risas? ¿he dicho risas?
Sí.
‘Agosto’ es un dramón de cuidado. Una de esas mal llamadas “crónicas del derrumbe de la familia americana” que tienen su mayor baza en que lo que cuentan es mucho más universal que americano, pese a que la obra está claramente situada en un lugar muy concreto y muy americano:Colorado. Familias así hay en todos los sitios. Una madre enferma, dominante e injusta (¿loca?) un padre ausente (literalmente), tres hijas carnívoras… Algo nada nuevo que, sin embargo, escrito por Tracy Letts, no parece viejo. ‘Agosto’ no huele a rancio pero sí, y mucho, a cerrado. La sensación de estar atrapado, aún en medio de la infinita llanura norteamericana, también es algo que nos han contado mil veces. A mí pocas veces me lo han transmitido tan bien como en esta obra, pese a que el montaje de Vera, con un espectacular escenario de tres pisos, no sea precisamente claustrofóbico.
¿Y las risas? ah, sí, las risas.
El mayor gancho comercial del ‘Agosto’ del CDN es su reparto, encabezado por dos monstruos interpretativos como Amparo Baró y Carmen Machi. Ambas hace tiempo que demostraron lo buenas que son sobre las tablas, pero su superestrellato televisivo (sin el cual la repercusión mediática de este espectáculo sería muchísimo menor) no siempre juega a su favor. Por muy buenas que sean (y lo son) en papeles dramáticos, gran parte del público que las ama (sí: las AMA) lo hace por los papeles cómicos que han interpretado durante los últimos años en la TV, personajes con una capacidad enorme de generar identificación. Sus mujeres feuchas, cabreadas y “muy humanas, muy como usted y como yo” (como diría María Teresa Campos) se han convertido en pequeños iconos. Parte del público que va a ver a Machi y a Baró al teatro (y supongo que también gran parte de los fans que las abordan por la calle) ven siempre en ellas a Sole la gruñona y a Aída la borracha. Ellas, que optaron por no “disfrazarse” para interpretar papeles tan reconocibles, ahora sufren un poco las consecuencias. En ‘Agosto’ están ambas magníficas, pero gran parte del público se ríe con algunas de sus frases, simplemente porque las ponen en boca de Sole y Aída, y no de Violet y Barbara Weston, made e hija que se aman, odian y despellejan durante cuatro horas de intenso y puro teatro.
“¿De qué se rien?” me pregunté durante toda la función. Carcajadas incluso en un momento dramático cumbre, concebido para helar la sangre. Risas constantes en la única escena “cómica” (aunque su fondo es desolador), como si sobre el escenario hubiese un sainete y no una viñeta dolorosísima. Y risitas en unas réplicas cortas y cortantes, de esas que sólo una madre y una hija se atreven a darse. No se me ocurre nada menos gracioso.
David Caprones
25 febrero, 2012
La gente viene entrenada de casa. Una cosa es buscarle (y encontrarle) la parte divertida a una desgracia o a situación dramática. «Quitar hierro» se le llama. Pero otra cosa es ponerse una venda y obviar el trasfondo. Yo dejé de ver Aída al segundo capítulo porque no me podía reír con situaciones tan tristes y deprimentes. No estábamos hablando de hacer humor con simples «perdedores», estábamos tratando con familias desestructuradas, dramas -dramones- demasiado cotidianos, xenofobia, homofobia y enfermedades mentales, y no de manera gamberra o explícita como puede hacer Ricky Gervais. Si la gente ha llegado a disfrutar de ese «ambiente» y descojonarse con ello, es que no sabe separar el grano de la paja. Y el que se ha reido en la escena que comentas, luego se indigna con los guiñoles franceses…
Ra está en la aldea
28 febrero, 2012
Ay, aún recuerdo con espanto la representación de la muy dramática y desasosegante «La omisión de la familia Coleman» (esa obra que llevaba un millón de años en cartel en Argentina), en la que el público se reía a carcajadas, pero unas carcajadas como sacadas del show de los Morancos. Qué mal lo puede pasar uno. ¡Ah! Y otra escena de tortura en 1984 de Tim Robbins en la que, con cada respuesta irónica, la gente se tronchaba. Cuánta vergüenza se puede pasar en ciertas ocasiones.
energumenosnob
4 marzo, 2012
Yo lo paso fatal cuando pasa esto. Me da la sensación de ser yo el que se ha equivocado de lugar, de obra y de actitud en general. Me descoloca totalmente.