Marilyn no es Marilyn

Posted on 22 febrero, 2012

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¿Si Marilyn era irrepetible, por qué nos empeñamos en intentar recrearla? ¿Si era única, qué sentido tiene invocarla en el cuerpo y la cara de otra, por mimética o talentosa que sea ésa otra? en ‘Mi Semana con Marilyn’ se hartan de subrayar lo primero mientras hacen lo segundo. ¿Tiene sentido?

Marilyn Monroe, la que sin saber actuar era cine puro, la que empezó siendo nada y termino siendo un todo tan grande que no hay ya palabras para definirlo, es uno de los grandes iconos que definen el siglo XX. Como el primer alunizaje, la minifalda o King Kong agarrando a Fay Wray. Tan legendaria y conceptual que su vida, su historia real y su biografía, pese a ser también superlativas, se han diluido en el mar de la mitología absoluta.

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‘Mi Semana con Marilyn’ extrae del mundo-mito-vida-personaje-concepto una semana, la que pasó acompañada (en diferentes grados) por un entonces jovencísimo Colin Clark. El que luego se convertiría en director de documentales era entonces ayudande de dirección en ‘El Príncipe y la Corista’, la película que la superestrella (término que, por cierto, inventaría años más tarde Andy Warhol, certificador de Marilyn como icono pop intocable) rodó junto a (y a las órdenes de) Sir Lawrence Olivier, coloso del arte dramático y sin embargo alejado (y quizá envidioso, como también cuenta la película) de lo que Marilyn ya representaba: la fotogenia cinematográfica pura, la imágen vacía pero hipnótica, la fusión entre lo más básico (el sexo) y lo más sofisticado (la sublimación, la metáfora, lo inalcanzable). La convivencia entre el rey (¿celoso?) del teatro y la diosa (¿tonta?) del cine no fue precisamente cordial. Tampoco lo era la de Marilyn consigo misma, pues, por mucho que se alejase de Hollywood, no conseguía librarse de las servidumbres de una fama radicalmente exagerada. Un estatus que le permitía y a la vez le impedía totalmente hacer lo que le viniese en gana. Para el rodaje con Olivier, Marilyn se instala temporalmente en Inglaterra, aunque se lleva con ella no sólo su (merecida) reputación, sino también a su manipuladora profesora de interpretación (la oscura Paula Strasberg) y a su recuén estrenado marido, un Athur Miller con quien formaría durante pocos años una de las parejas más lógicas y a la vez incomprensibles de la Historia.

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Esto es lo que Simon Curtis (director) y Adrian Hodges (guionista), curtidísimos en la televisión de calidad británica, cuentan en ‘Mi Semana con Marilyn’. Basándose en dos libros del propio Colin Clark, Curtis y Hodges construyen una película extraña, desajustada y demasiado telefílmica, pero interesantísima y muy sugerente como ejercicio de debate no sobre quién era Marilyn, sino sobre qué era (y es) Marilyn. La propia existencia de la película (bien realizada y producida con el lujo que se le supone y exije) es una prueba de que tal reflexión tiene sentido. Que Michelle Williams, una de las actrices menos sexies que se me ocurren, salga más que airosa de la prueba de interpretar a Marilyn, es algo cuanto menos curioso, pues implica que, por mucho que creamos que el mito era único e inimitable, puede ser reducido a una colección de gestos, tics, poses y estilismos. Que se puede fabricar el todo de Marilyn encajando unas partes que, por definición, son insuficientes. Que faltando piezas del puzzle puede verse nítidamente la imagen que éste forma. Por momentos, Williams, actriz sosa donde las haya, ES Marilyn. En esos instantes, cumple todas las expectativas y calla las bocas de los espectadores pendientes de que patine que, en en mayor o menor medida, son todos. Porque atreverse con Marilyn es apuntar muy alto y si fracasas, queremos verlo. Michelle Williams no lo hace y es Marilyn aunque sepamos que nadie, y mucho menos ella, será jamás Marilyn.

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Con ‘Mi Semana con Marilyn’, los hermanos Weinstein, productores del filme, pretenden repetir la jugada de ‘Shakespeare in Love’. Aquella peliculilla que, pese a estar escrita por Tom Stoppard (aunque yo no termino de creérmelo) no es más que eso, un filme muy menor, se llevó en 1998 el Oscar a la mejor película y, lo que fue si cabe más sorprendente, el de mejor actriz, que recayó en otra sosa: Gwyneth Paltrow. Con aquel arrase (relativo e injusto) los productores demostraron su influencia (es un eufemismo, sí) en Hollywood y terminaron de lanzar a la que con los años se convertiría no sólo en una de las actrices más cuestionadas, sino también de las más odiadas, por motivos que no vienen a cuento (o sí). La Williams, pese a su turbia historia (viuda de un malditísimo exquisito, Heath Ledger y sospechosa de ser una trepa de cuidado) no es a priori tan insoportable como la Paltrow. Además, y esto es lo importante, su interpretación de Marilyn es sobresaliente. Dentro de que es, en cierto modo, imposible.

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‘Mi Semana con Marilyn’ es una película diseñada para ganar premios y para gustar. Los premios quizá no los gane pero gusta y gustará, y mucho. A muchos fans de Marilyn, a los seguidores (sí, los tiene) de Michelle Williams, al agradecido público gay (Marilyn como diva gay reivindicable: la película también juega a eso) y a los que disfrutaron el año pasado con ‘El Discurso del Rey’, una película con la que tiene muchos paralelismos. Pero, ¿es ‘Mi Semana con Marilyn’ una buena película? No lo sé. Mala, desde luego que no. Necesaria, posiblemente tampoco. Pero ha sido POSIBLE, y eso ya es algo. De hecho, es mucho.

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(Y mil gracias a Universal por invitarme a verla antes del estreno, que es mañana)

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