Cuando hablo de correr

Posted on 28 diciembre, 2011

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Lo he leído dos veces. Lo he recomendado y lo he regalado. A amigos y a desconocidos, a personas que corren y a gente que no se ha calzado unas zapatillas de deporte en su vida. Unos cuantos de los que no corrían han empezado a hacerlo después de leerlo. La mayoría de los que sí, se han planteado avanzar en su afición. ‘De qué hablo cuando hablo de correr’ no deja indiferente a casi nadie. A mí tampoco, y eso que (¡atención: herejía!) no soy fan de Haruki Murakami. Creo recordar que en cuanto lo terminé, me calcé las Asics y me eché a la calle. A correr, claro.

Correr es un deporte barato (siempre que no te aficiones a la ropa de deporte de precios pornográficos de Undercover + Nike, que me tiene obsesionadísimo), calóricamente efectivo y ajustable a las necesidades de cualquiera. Uno puede salir a echar unos trotes con el pantalón de felpa gris y una sudadera vieja o plantearse una maratón dentro de seis meses, y empezar hoy mismo a hacer cálculos de series, de pérdida de peso y de rodajes rápidos y lentos. Tú decides como quieres correr, si acompañado, en uno de esos grupos de corredores como el mío de Madrid (cómo os echo de menos, chicos) o solo, que es como a mí más me gusta. Solo y de noche. Y a ser posible, con frío. Protegido bajo capas de tejidos ultratecnológicos, negro y fluo, camuflado, escuchando música (si es que a las mierdas machaconas que yo escucho se les puede llamar así) a través de unos auriculares aerodinámicos, en una ciudad conocida o, mucho mejor, en una desconocida, o casi, algo que yo sólo he hecho dos o tres veces y que me ha aportado una sensación increíble, la de estar completamente solo, la de ser absolutamente independiente, la de que podría seguir corriendo hacia adelante, siempre adelante, y terminar quién sabe dónde, a quién le importa. De eso hablo cuando hablo de correr.

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