‘Margin Call’ y la teoría del comodín

Posted on 7 noviembre, 2011

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En el cine, como en el poker, hay comodines, cartas sin valor propio pero con la capacidad de suplantar a otras que sí lo tienen. Los comodines cinematográficos permiten engañar al espectador y hacerle creer que lo ve es mejor que lo que hay. Hay varios tipos, y cada uno utiliza distintas armas y procedimientos para conseguir su resultado que es, en definitiva, disfrazar de valioso lo banal.

Los actores “indiscutibles” son grandes comodines cinematográficos. Pon a Julianne Moore, a Gena Rowlands, a Bardem o a la Deneuve en una película y ya tienes mucho ganado. Su presencia (que no siempre su trabajo) elevará automáticamente, si no la película, si la percepción que tengamos de ella.

Otro comodín, y aberrante muchas veces, son las temáticas sensibles, las denuncias básicas y los argumentos que apelan a lo más básico y lo menos racional. Al morbo, al sentimentalismo y, lo que ya es el colmo, a la lástima. Niños muertos, perros maltratados, injusticias sangrantes, ricos malísimos contra pobres santos, mujeres negras y lesbianas atacadas por los tres flancos, Bambi, Dumbo, Forrest Gump.

Que una película la protagonice Sigourney Weaver no la hace buena. Tampoco que trate de un niño al que unos nazis violan y despedazan (no necesariamente en este orden) alegremente. Sin embargo, los comodines cinematográficos funcionan, y cómo.

La prueba más reciente es ‘Margin Call’, película denuncia del inmoral mundo de las altas finazas, culpable de la crisis mundial actual. Un maravilloso tema-comodín para una película protagonizada por una acumulación de nombres-comodín que da vértigo: Kevin Spacey, Jeremy Irons, Stanley Tucci… y Demi Moore arrimándose a ver si se le pega algo.

Que la película sea un nada disfrazado vehículo de lucimiento para una segunda fila de intérpretes de carrera fundamentalmente televisiva (Penn Badgley, Simon Baker o el relamido Zachary Quinto, que además figura como productor del filme) queda convenientemente oculto tras la fachada de solemnidad, indignación y denuncia barata que ofrece la película, escrita y dirigida por un debutante al que dudo mucho que le hayan dejado ninguna libertad. Todos los intérpretes de ‘Margin Call’ tienen Su Momento y algunos de ellos son de auténtica vergüenza ajena. La conversación a lo ‘Esperando a Godot’ que se marcan Quinto y Spacey es ridícula. Los parlamentos pasados de vueltas de Paul Bettany (¿quién se ha creído que es este chico, que lo más intelectual que ha hecho ha sido casarse con Jennifer Connelly?) y Simon Baker deberían haber desaparecido del guión en la primera revisión. A Jeremy Irons le aguantamos el histrionismo porque es el nuevo Jack Nicholson y hace tiempo que notamos la guasa en todas sus interpretaciones. Y a Demi Moore le aplaudimos la inteligencia interpretativa que demuestra convirtiéndose en un pasmarote inexpresivo. Ella sabe que no está en posición de hacer excentricidades, así que nada mejor que poner cara de palo y venderlo como contención.

La trama de ‘Margin Call’, poco realista pero, afortunadamente, creíble, es todo lo maniquea que debe ser una película interesada y torticera, una historia-comodín con unos culpables culpabilísimos y un resto del mundo indefenso y, por eliminación (porque sólo hay buenos-buenos y malos-malos), inocente y buenísimo. Un resto del mundo del que el espectador forma parte, así que sale de la sala sintiéndose inocente y mejor. Al menos esa es la idea. Y generalmente funciona.

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