La playa

Posted on 30 agosto, 2011

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La playa: ese concepto. Playa desierta, cocoterada y “de aguas turquesas” (pronúnciese con voz de miss burra). Playa repleta, toalla con toalla, niños gritando, señoras gritando, todos gritando. Paellas y bolsas de patatas Matutano. Señoras que alquilan una sombrilla y dos tumbonas: una para ella y otra para los bártulos: las revistas, el capazo, el pulverizador de agua, el móvil. Se sienten clase media-alta, aunque sea de playa baja-bajísima. Playa elegante (¿perdón?), de hotel de lujo, con cócteles traídos por camareros obligados a ir por la arena con zapatos. Playa salvaje, con docenas de coches al final del camino y luego otro camino (y escaleras toscas, que es un plus de salvajismo) y ya la playa. “Paradisíaca”, dice la miss de antes. Ironía, ya sabes. Ironía y miedo. Cada vez que oigo un “vamos a la playa” repaso mi lista de excusas para zafarme. Conozco alguien que es alérgico a la arena. Alérgico de verdad. Aún así va a la playa, puesto hasta arriba de unos medicamentos que, para más inri, son fotosensibles. Yo no tengo esa alergia y, a estas alturas, es absurdo que intente inventármela.

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